2.14.2008

Cuento

El demonio y el ángel

Solamente lograba verla una vez por siglo, pero para mí un siglo; visto desde mi infinita existencia sin principio ni fin, no era más que un suspiro agitado de un humano.
Y nada más podía contemplarla, cuando nuestros mundos se rozaban en el abismo del tiempo, sólo un instante comparable al de una gota de rocío cayendo desde la punta de una hoja al suelo; Lo cual era suficiente para mi, porque nos comunicábamos de una manera en la que nos decíamos más cosas de las que un simple mortal hablaría toda su efímera vida.
Sin embargo, no debíamos invadir territorio del otro y en consecuencia tampoco tocarnos. Nada más podíamos rozar nuestras miradas a sólo centímetros de nuestros cuerpos. Mi existencia se conformaba con eso. Formábamos un equilibrio natural, una armonía universal. Yo era demonio y ella ángel.
Fue una asombrosa casualidad como nos conocimos. Yo había perseguido a un condenado que se había fugado, y el muy astuto pensaba que podía librarse del lugar en el que se encontraba. Había llegado al límite del infierno y el estúpido no sabía que no podía cruzarlo sin antes desintegrarse.
Y así fue que prefirió pasar al cielo. No pude detenerlo, pero tampoco me importó hacerlo. Se deshizo en el acto. Fue en ese momento que del otro lado de la frontera la vi. Estaba sentada en una blanca roca y el suave viento enredaba su lacio y largo pelo. Había observado toda la escena y noté una profunda tristeza en sus ojos.
Me acerqué lo más que pude e intenté saludarla. No se porque sentí la nesecidad de hacerlo, y ella tampoco no sabe lo que le pasó. Pero espontáneamente quisimos hablarnos.
En un mar de palabras discutimos acerca del bien y del mal, la vida y la muerte, el amor y el odio, lo justo y lo injusto. Nos perdimos en miradas comunicándonos con nuestras esencias y sin darnos cuenta, como si fuéramos simples mortales, nos enamoramos.
Esperábamos con ansia cada momento en que nuestros mundos se cruzaban para encontrarnos. Estuvimos muy bien así por mucho tiempo hasta que nuestras palabras ya eran incapaces de expresar tanto amor que nos teníamos.
Nuestros cuerpos eran prisioneros,
Cada uno en su mundo, imposibilitados de todo contacto. Ninguno podía cruzar la frontera sin destruirse en el intento.
Fue así que decidimos dejar de vernos, ya que el destino no podía unirnos. Pensamos que era lo mejor para los dos, pero el transcurso del tiempo y la tristeza insoportable de no hablarnos era peor que cualquier condena en el peor de los infiernos.
Finalmente nos volvimos a ver. Como consecuencia, este reencuentro hizo que nos amaramos con más devoción.
Retornamos a las charlas, las miradas y las emociones que cada uno ofrendaba hacia el otro.
“Nos perdimos en miradas comunicándonos con nuestras esencias y sin darnos cuenta, como si fuéramos simples mortales, nos enamoramos.”
Todo eso continuó hasta que ya no nos importaba vivir si no podíamos expresar tanto amor en plenitud. Fue en ese momento que pensamos que antes que estar cada uno en su eternidad sin poder sentirnos en cuerpo y alma, preferiríamos morir al mismo tiempo aunque sea rozando la punta de nuestros dedos.
Así ocurrió que con rotunda convicción nos juntamos al unísono, cruzando los labios sobre la delgada línea que dividía ambos mundos. Fue un largo beso que duró una eternidad. La eternidad de unos segundos que fue alargada y desglosada gota a gota, percibiendo cada milímetro de su boca en contacto con la mía.
Finalmente, desvanecimos nuestros intangibles espíritus mutuamente, despidiéndonos con una dulce y pacífica sonrisa, sabiendo que lo habíamos logrado y que había valido la pena el intento.
Vivimos y morimos por amor.

Fin

1 comentario:

Silvana Pérez dijo...

que hermoso el cuento... algo asi como un Romeo y Julieta pero mitólogico... prohibido, incoherente, quién dice que está bien y qué está mal... sólo el corazon tiene la razón y ellos lucharon por ello aunque les costara la muerte... triste pero feliz...

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